El aplauso de Dios

Ing. Wilson David Colón –
27 de julio de 2014 –

1 Corintios 9:24   “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.

Hace unos 35 años me levanté un domingo en la mañana para asistir a mi graduación en el Recinto Universitario de Mayagüez. Allí me reuní con mis otros compañeros graduandos en un edificio contiguo al Coliseo donde tendríamos la ceremonia. Por supuesto, el ambiente era de alegría, de chistes y bromas. A la voz de los directores del evento, comenzamos el desfile, a través del estacionamiento y debajo de un sol candente para aproximarnos hasta el Coliseo. Imagínense ustedes a unos jóvenes alegres y contentos; entre ellos me encontraba yo. Me acercaba a las puertas abiertas del enorme edificio cuando mis oídos comenzaron a escuchar la impresionante música de la banda universitaria que interpretaba la marcha triunfante de Verdi, la de ópera Aida, que tanto caracteriza a las graduaciones. Dejé de hablar con mis amigos y empecé a recordar los tiempos vividos durante los pasados años, los trabajos, los sacrificios, las largas noches, los momentos difíciles cuando hasta había pensado que no lo lograría. Pero allí, allí estaba yo; en la fila de los graduandos, con toga y birrete. En el preciso instante en que logré entrar por la puerta, contemplé la enorme muchedumbre de padres e invitados que competían con la orquesta mientras aplaudían la entrada de nuestro grupo. Y allí, en las gradas lejanas, apenas unos puntitos en la distancia estaban mi papá, mi mamá y mi novia con quien me casaría algunas semanas después. Me aplaudían a mí. Me aplaudían a mí. Fue entonces cuando sentí como se me apretaba el pecho y los ojos se me humedecieron ante la emoción del momento.

No recuerdo más nada de aquel día. No recuerdo quien habló, no recuerdo quien estaba sentado al frente mío ni detrás. Solo recuerdo la música y los aplausos. Por alguna razón los seres humanos aplaudimos. Estamos en un juego y ante una jugada impresionante, aplaudimos. Escuchamos a alguien cantar bien y le aplaudimos. Escuchamos un discurso o un testimonio que nos gusta y aplaudimos. Nuestros hijos crecen, aprenden y les aplaudimos. Esta mañana durante el culto experimentaremos varias veces la emoción y aplaudiremos.

Luego de aquel domingo en Mayagüez yo no he recibido muchos aplausos. La vida es complicada, se trata de trabajar, de esforzarse, de tener familia, de proveer. Nos relacionamos, a veces tenemos conflictos, en otras tenemos alegrías. Pero, oportunidad para que nos aplaudan – la verdad es que no hay muchas. A menos claro, que seas un gran deportista de las Olimpiadas y te ganes una medalla de Oro o Plata, o que ganes un concurso de Miss Universo o que seas uno de esos artistas famosos.

El Apóstol Pablo hablando a los cristianos en Corinto les decía:   “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio?”(1 Corintios 9: 24) Y es que así es nuestra vida- es como una carrera en competencia donde solo unos pocos se llevan el premio. Si tú eres de esos, por favor no te ofendas; te solicito excusas pues mi tema está dirigido a los demás. A los que como yo hemos estado afuera de ese círculo pequeño de ganadores que se han llevado los premios y quienes reciben día a día el aplauso y la admiración. Estas son las buenas nuevas que tengo para ustedes: ” Gozaos y Alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos”. Esas palabras las pronunció Jesús durante el Sermón de la Montaña (Mateo Cap. 5). ¡Tenemos promesa de Jesucristo! Y Jesucristo cumple sus promesas.

El día vendrá cuando los que jamás escucharon aplausos, oirán los aplausos de los ángeles. Los que no recibieron la bendición de su papá, recibirán la bendición del Padre Celestial. Ese día, lo pequeño será grande; lo olvidado será recordado. Ese día el humilde será exaltado. Ese día, el premio no se lo llevará uno solo, sino que la palabra del Apóstol Pablo a los Efesios dice: “El Señor recompensará a cada uno por las cosas buenas que haya hecho” – (Efesios 6.8). Ese día entrarás al gran salón, y escucharás la gran marcha triunfal de la orquesta de los cielos y el aplauso de millones y millones de ángeles junto a la alegría de la nube de testigos que se nos adelantaron y allí habrá un gran premio esperando por ti.

El apóstol Pablo le dijo a los Corintios: “…cuando venga el Señor, cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Corintios 4.5). No es al mejor de nosotros, no es a los que lo logren. No se trata del primer, segundo o tercer premio. No hay una de oro, otra de plata y otra de bronce. Ese día tú recibirás recompensa, tu corona de Gloria te espera, garantizada por la promesa de Dios. Y dice algo más: “cada uno recibirá su alabanza… de Dios”. No la recibirás de tu ángel guardián, ni del Arcángel Miguel, ni del Arcángel Gabriel. Jesús mismo te mirará a los ojos, Dios mismo se sonreirá contigo y te aplaudirá diciendo: “Buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25.23).

 

 

 

Categoría Uncategorized | Tags: | Publicado en julio 27, 2014

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